Con Hormuz cerrado de facto desde el 28 de febrero —seis barcos el 6 de septiembre frente a ochenta y cinco diarios antes de la guerra—, los hutíes se han quedado con la costa yemení del mar Rojo y controlan Bab el-Mandeb. El titular habla de petróleo, pero la tesis del informe es que la segunda cerradura anula el apaño por el que llevaban seis meses saliendo azufre, amoníaco, urea, potasa y fosfato. La factura del azufre llega a sitios que uno no asocia con el campo. Más de la mitad del ácido sulfúrico del mundo acaba convertido en abono, pero el resto lo consume, entre otros, la minería. Las minas de cobre por lixiviación gastan entre 3 y 22 toneladas de ácido por tonelada de cátodo, y las que no tienen fundición propia, como Escondida o Antofagasta, lo compran en el mercado y se comen el precio entero, mientras Codelco, integrada, lo fabrica en casa. En el níquel indonesio la aritmética es aún más cruda: Huayou ya ha bajado a la mitad una de sus plantas.
«Las que no funden, lo compran.»